viernes, 4 de junio de 2010

Si tan solo hubiera...

Posted: 27 May 2010 09:43 PM PDT

La sala de espera de urgencias siempre es una parada inesperada, e indeseada. Un lugar que siempre estaría mejor vacío, pero donde desconocidos comparten momentos que pueden cambiar sus vidas. Lo que os contaré es un casi ficción. Por un lado, nunca pasó. Pero, por el otro, es una historia que, desgraciadamente, se repite demasiado.
Nuestro primer protagonista es Juan Manuel. No niega haber cometido alguna que otra locura de juventud, aunque la paternidad le centró, según dice. Ahora está sentado en la sala de espera… esperando. Y, lo que es peor, pensando. Lentamente, repasa con la mirada el vendaje de su brazo en cabestrillo.
Los calmantes le han hecho efecto, el dolor que siente ya no proviene de su cuerpo. Más bien parecen provenir de las magulladuras de un cuerpo que, a escasos metros de allí, libra una intensa batalla sobre la mesa de un quirófano.
Jaunma, como le llaman sus amigos, no quiere seguir pensando. Sin embargo, no puede evitarlo. Cierra los ojos. Pero tras sus párpados no logra encontrar oscuridad. Sólo puede ver la misma curva que había trazado miles de veces sin ningún problema.
Recuerda el fastidio de su único hijo cuando, sentado a su derecha, le comentaba lo incómodo que había sido el entreno bajo la fina pero persistente lluvia. Se estremece. No consigue eliminar de su mente la imagen de esa curva tan familiar… que de repente se le antoja de lo más siniestro. Y la lluvia. Si tan sólo hubiera ido un poco más lento. Si tan sólo hubierareducido la velocidad al tomar la curva.
No quería seguir pensando. Abrió los ojos, y por primera vez es consciente del hombre que se había sentado justo enfrente suyo. Tiene señales evidentes de haber recibido curas en la frente y el brazo izquierdo. Repara en su indumentaria, el uniforme de una empresa de mensajería rápida.
Finalmente, la mirada de Juan Manuel se posa en el rostro su súbito compañero. En su mirada vislumbra un abismo que no puede describir con palabras. En cualquier otro día, le habría perturbado. Pero hoy…

Segundos después, ambos se dan cuenta de que llevan un buen rato observándose mutua mente. Se ven con la necesidad de entablar conversación. En parte para dejar de pensar, en parte para poder hacerlo en voz alta.
De esta forma, Juanma aprende que su nuevo compañero en la sala de espera se llama Toni. Efectivamente, es repartidor, lleva paquetes a domicilio. No tardan en abordar el motivo que los ha reunido en tan incómodo lugar.
Mientras buscaba una dirección en una zona que no conocía, no muy lejos del hospital, no pudo ver que unos chavales que paseaban un adorable perro, cruzaban a paso ligero un paso de peatones. La tormenta les había sorprendido, y querían ponerse a refugio lo antes posible.
La voz de Toni tiembla al explicar que miró al frente y no vio nadie. Giró la cabeza breves segundos para ver el nombre de la calle… y cuando volvió a mirar al frente, se vio encima de los chavales.
Dio un torpe volantazo desesperado. Su furgoneta derrapó en el asfalto mojado, embistió la fila de coches aparcados al otro lado de la calle y volcó. Él, no se había hecho nada. Unos cortes. Ahora está esperando el resultado de unas pruebas prventivas, para comprobar que no había sufrido una conmoción, pero todo indica que no será nada…
Sin embargo, Juan Manuel ve claramente que no era eso lo que angustia a su interlocutor. ¿Qué había pasado con los niños? Toni baja la mirada. Tras dos intentos infructuosos, consigue decir que el mayor de ellos había conseguido cruzar la calle a tiempo. Una lágrima brilla en sus ojos. El otro chaval se llevó un buen golpe. «Lo vi en el suelo, inconsciente. Aún sostenía la cadena rota de su mascota. Pero no había señales del animal».
Finalmente, Toni explota a llorar. A penas se le entiende cuando explica que el momento en que se cruzó con los padres del chaval había sido el instante más duro de toda su vida. Sí tan sólo hubiera parado unos segundos en cualquier hueco para ver donde estaba… Si no hubiera apartado la mirada de la carretera.
Uno de los dos dijo «espero que el chaval esté bien… no sabría qué hacer si le he causado un daño irreparable». El otro asintió. Los dos hombres se funden durante un interminable instante en un abrazo de comprensión infinita.
El silencio se adueña del ambiente. A través de la ventana, la lluvia sigue cayendo.
Poco después, ven como una mujer de media edad, enfundada en la protocolaria bata blanca, se acercaba a ellos. Mira al suelo, pálida. Con el triste semblante de quien está a punto de comunicar una mala noticia. En los próximos segundos, la vida de uno de nuestros hombres cambiará para siempre. En su cabeza resonarán, para siempre, frases que empiezan por«si tan sólo hubiera…».
Foto | EspartaJ

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